Fue un acto breve, privado y emotivo. La ceremonia se desarrolló del otro lado de la verja de la embajada ante ciudadanos, empresarios y personal de la embajada. De este lado, un grupo de amigos, periodistas y ciudadanos dominicanos asistimos a la despedida. El hasta ayer embajador Valentino Ji Zen Tang salió del interior de la sede diplomática con lentes oscuros y la frente en alto mientras dos jóvenes de Taipéi, correctamente vestidos, bajaban del asta la bandera de la pequeña nación asiática que durante 77 años consecutivos ondeó a ras del cielo nacional.

Todos lucían el alma de la tristeza. Algunos llantos salían de aquellos ojos pequeños y achinados, como señal de no entender el alcance de la noticia. Otros, como el ex embajador Valentino posaban firmes y orgullos por la satisfacción del deber cumplido y orgullosos del país que representaron.

Parecían vivir en la barcaza  de la cinta “Life of Pi”. Como si todos fueran el personaje del tigre que solo pedía que respetaran su espacio. Porque, en resumidas cuentas, como dijo una hermana de la Fundación Tzu Chi: “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Aquello transcurrió sin vítores, loas, ni desafíos. Con sentida humildad y firmeza se entonó por última vez el himno nacional de Taiwán bajo una sola voz y un solo sentimiento. Ellos parecían decir que la vida sigue, y Taiwán no dará marcha a tras a su decisión de primero hundir la isla en el mar antes de inclinar la frente.

Allí moralmente, estaba el país. Ningún dominicano puede olvidar que en determinado momento de su vida recibió la mano solidaria y el aporte colaborativo de sus hermanos de Taiwán. Entre los presentes, estaban las damas de la Fundación Tzu Chi, entidad creada por la maestra Chen Yen para realizar obras de caridad y amor en todo el mundo. Por extraña coincidencia, la referida entidad celebra este año el veinte aniversario de su llegada a República Dominicana.

Mariana Ju, una de las directivas de la Fundación, no podía ocultar su dolor y las palabras se atragantaban en su garganta. No quiso hablar, pero negó con su cabeza al preguntarle si la Fundación Tzu Chi se marcharía también de la República Dominicana. Ellos, con sus propios recursos, no solo construyeron una escuela en una comunidad olvidada de La Romana, sino que crearon una red de más de 200 voluntarios en todo el país que no solo reciclan la materia prima desechable, y cuidan e instruyen a las familias de escasos recursos, sino también realizan donativos y alegran la vida en distintas provincias, hogares de ancianos, hogares de niñas huérfanas y centro de cuidados a pacientes de enfermedades terminales.

Mariana tiene la doble nacionalidad dominico-taiwanesa, al igual que los miles de inmigrantes de la pequeña isla que emigraron a Santo Domingo y hoy día son exitosos empresarios que contribuyen a la economía nacional, pagan impuestos, soportan apagones y respetan la mano de obra nacional con aceptables salarios, seguro médico y jornadas laborales establecidas por la ley. Ella llegó como diplomática exitosa y aquí contrajo matrimonio y procreó una familia que también posee la doble ciudadanía.

Ella y sus paisanos no se marcharán del país con el personal diplomático. Su vida, sus propiedades, sus cuentas bancarias y sus compromisos sociales viven entre nosotros. Por eso, al finalizar el acto de cierre de la sede diplomática no rondaron a cherchar o a buscar espacios fotográficos. Simplemente se marcharon a sus respectivas casas porque mañana saldrá el sol y ellos tendrán que volver a sus respectivas labores.

Como taiwaneses, despidieron al gobierno. Pero como dominicanos, aun les queda mucho por hacer, sobre todo a favor de los que nada tienen, de aquellos que esperan por la mano hermana no en busca de limosnas, sino de la famosa caña de pescar para que, por ellos mismos, consigan la manera de sobrevivir con dignidad en este tiempo que nos ha tocado vivir.