El término “outsider”, cuando es utilizado en el marco del ejercicio de la política, se refiere al surgimiento y eventual éxito electoral de alguien sin historial ni experiencia política previa. En principio, el concepto aplicaba también a quienes dentro de un partido político lograban alzarse con candidaturas a posiciones electivas, siempre y cuando se tratara de personas que no pertenecieran al núcleo de dirigentes que controlaba la estructura partidaria. De igual manera, eran una especie de “outsiders”, personas de vasta experiencia política que formaban nuevas estructuras, y con ellas lograban vencer a los actores dominantes y establecidos del sistema.

En la actualidad, con el debilitamiento progresivo de los partidos políticos tradicionales y la masificación de las herramientas de la comunicación, cada vez más, los “outsiders” son advenedizos y neófitos que logran desde plataformas políticas recién creadas, derrotar a todos los actores del sistema y alzarse con el poder.

En nuestro hemisferio tenemos varios ejemplos de los distintos tipos de “outsiders”

Los “outsiders” del Socialismo del Siglo XXI
Los gobiernos de centro y de derecha que en las últimas décadas del siglo XX aplicaron los ajustes institucionales y macroeconómicos recomendados por el Consenso de Washington, fueron sucedidos por una nueva izquierda encabezada por tres “outsiders” hoy ya muy conocidos: en Bolivia, Evo Morales; en Ecuador, Rafael Correa; y en Venezuela, Hugo Chávez.

El primero, Morales, era un sindicalista cocalero que, luego de cosechar amplio reconocimiento por sus dilatadas luchas, crearía un movimiento político que lo catapultaría primero al parlamentario e inmediatamente después a la presidencia. El segundo, Correa, había sido un controversial ministro de economía en el fugaz gobierno de Alfredo Palacio, que luego fundaría Alianza País y lograría la presidencia. El tercero, Chávez, en el 1982 siendo militar, fundaría el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, a partir del cual construiría su propuesta de un nuevo modelo de socialismo. En el 1992 intentaría un fallido golpe de Estado que, sin embargo, lo posicionaría para ganar la presidencia unos años después.

Los tres eran considerados “outsiders” no porque no tuvieran ninguna trayectoria o experiencia política, porque sí la tenían, sino porque ninguno pertenecía al sistema de la partidocracia reinante. Todos llegarían al poder presentándose como alternativas viables a las propuestas partidarias de siempre, aunque una vez al mando, ninguno escaparía de replicar los mismos vicios del poder que tanto criticaron.

Bolivia ha avanzado en distintos órdenes, pero el aferro obsesivo de Morales al poder, amenaza con socavar la poca institucionalidad existente, y hasta algunas de las conquistas económicas logradas. Ecuador bajo Correa, indudablemente se transformó, aunque su intolerancia ante la crítica y la disidencia le convirtieran en un presidente autoritario muy distinto al candidato que una vez enardeció a todo un país con su enérgica propuesta de futuro.

Chávez, al mando de Venezuela, instauró un gobierno solidario para disfrute de sus seguidores y de muchos países de la región, pero su propuesta del nuevo socialismo siempre fue retórica grandilocuente exenta de una visión real del porvenir y carente de una  agenda reformadora, y por eso Venezuela es hoy el desastre casi irremediable que todos conocemos.

Como se ve, estos “outsiders” sí tenían algo de experiencia u activismo político, y los resultados de su paso por el poder son mixtos: más del 45% de los bolivianos aún apoya a Evo Morales; Rafael Correa observa niveles de popularidad que bien podrían instalarlo en el poder nueva vez; y Chávez mientras gobernó, ganó todos los procesos electorales a los que se sometió. La impopularidad de la Revolución Bolivariana llegaría con Nicolás Maduro.

La historia de los nuevos “outsiders”, sin embargo, es distinta a la anterior en al menos dos aspectos, y la lección que de esta deriva, debería ser considerada en la República Dominicana.

Trump, Morales y Kuczynski: “Outsiders” que fracasan
Estos tres, definitivamente, componen un tipo de “outsider” más en sintonía con lo que en estos días se interpreta de este término. Ninguno es político, ni nunca activó en el ejercicio político hasta el mismo momento que decidieron optar por posiciones electivas.

Donald Trump, fuera de la ocasional declaración con ribetes políticos propia de una estrella del entretenimiento, nunca incursionó en política más allá de hacer donaciones a campañas electorales tanto de republicanos como de demócratas, una práctica habitual entre grandes empresarios que procuran garantizarse acceso al poder, indistintamente de quien lo detente.

Hoy, contra todos los pronósticos, es presidente de los Estados Unidos, y lo logró, primero, venciendo a todo el “establishment” del partido que actualmente tiene secuestrado —el republicano— y luego a Hillary Clinton de los demócratas.

Jimmy Morales, también originario del mundo del entretenimiento, era un reconocido actor cómico que nunca incursionó en política, hasta que en 2011 fuera candidato a alcalde del municipio de Mixco, quedando en tercer lugar, y luego en 2015, a fuerza de la consigna “ni corrupto ni ladrón” lograra la presidencia de Guatemala.

Pedro Pablo Kuczynski, había sido alto funcionario del Estado peruano en cuatro ocasiones, bajo dos presidentes distintos. Sin embargo, fue su formación académica y profesional, su experiencia en el mundo financiero, y su paso por múltiples organismos internacionales, lo que más contribuyó a que este ocupase estas posiciones. PPK, como se le conoce, nunca fue actor político de importancia, y a pesar de esto, se lanza en búsqueda de la presidencia del Perú en el 2011, fracasando, hasta lograrlo en el próximo torneo electoral, a través del partido Peruanos Por el Kambio (PPK).

Los tres alcanzarían el poder por la misma razón de fondo, aunque con notables diferencias en la forma: el hartazgo de sus conciudadanos para con el sistema.

En Estados Unidos, a pesar de la recuperación económica lograda por el presidente Obama, una crisis económica y cultural silente exigía un rompimiento con lo tradicional. La clase media obrera, mujeres y hombres predominantemente blancos, sentían que en su país se erosionaba la identidad racial de la que ellos, colectivamente, siempre han sido protagonistas, y que sus trabajos en las industrias pesada y ligera, desaparecían sin que a nadie le importara: llegaría un oportunista que juró tener la solución.

En Guatemala, el fin desastroso de la presidencia de Otto Pérez Molina, donde tanto este como la ex vicepresidente Roxanna Baldetti se encuentran en prisión aguardando un juicio por corrupción, despertó un ferviente clamor popular para que se desterrara definitivamente esta práctica y la consecuente impunidad: llegaría un embaucador que juró representar él la solución.

En Perú, el caso Odebrecht alcanzó las esferas más altas del poder, y allí también se exigía a alguien sin mácula, sin vinculaciones con el sistema, y que tuviese la estatura moral para marcar un nuevo inicio en materia de institucionalidad: llegaría un populista que aparentaba encarnar esa solución.

Hoy, el fracaso de los tres, es inocultable. Trump ha logrado muy poco en un año de gobierno; no ha cumplido con sus principales propuestas de campaña y sus desenfrenos mantienen al mundo en ascuas.

Sus ciudadanos lucen estar de acuerdo con la opinión anterior: su nivel de aprobación de un 37% (promedio de los últimos 12 meses) es el más bajo de toda la historia para un presidente luego de un año de gobierno.

Jimmy Morales, el paladín anti-corrupción, ya ha sido acusado por el Ministerio Público y la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) de haber incurrido en financiamiento ilegal de su campaña, mientras que su hijo, y uno de sus hermanos, han sido apresados y enfrentaran un juicio por fraude cometido contra el Estado. Hoy en día su nivel de aceptación ronda el 25%.

PPK, luego de no decir toda la verdad acerca de su relación con Odebrecht, fue acusado por ante el Congreso Nacional de incapacidad moral. Este logró eludir su destitución como presidente, tras un evidente acuerdo político que requirió del indulto al encarcelado expresidente Alberto Fujimori, una acción que ha desatado un enorme malestar en el país andino. Sus niveles de aprobación también se sitúan en torno al 25%.

Ahora que algunos pretenden, a través de las primarias abiertas, aniquilar de facto a los partidos políticos dominicanos, merece la pena preguntarnos qué resulta más conveniente: ¿una reforma al sistema político-partidario que obligue a los partidos a alinearse con los deseos y reclamos de la sociedad, o una “reforma” que en efecto desarticule a los partidos políticos, y abra las puertas a soluciones anti-sistema que, como se ha visto, nunca cumplen con las expectativas y reviven el autoritarismo? Usted dirá.